martes, 27 de marzo de 2012

TRES METAMORFOSIS




Una pequeña oruga emprendió la marcha en dirección al sol. A la vera del camino se encontraba un saltamontes.

—¿A dónde vas? —le preguntó.

Sin dejar de arrastrarse, la oruga contestó:

—Tuve un sueño anoche: soñé que contemplaba todo el valle desde la cumbre de la gran montaña. Tanto me gustó lo que vi en el sueño que he decidido hacerlo realidad.

Mientras la oruga se alejaba, el saltamontes, sorprendido, se burló de ella:

—¡Estás loca! ¿Cómo vas tú a llegar hasta allá? Para ti, que eres un simple gusano, una piedra es como una montaña, un pequeño charco, como un mar, y cualquier tronco, como una gigantesca muralla.

La oruga oyó impertérrita sus reproches, sin dejar un solo momento de seguir arrastrando su diminuto cuerpo. De pronto oyó la voz de un escarabajo:

—¿A dónde vas con tanto empeño?

Bañada en sudor y jadeando, la oruga le explicó que había tenido un sueño en el que contemplaba todo el mundo desde la cumbre de la gran montaña, y que iba a escalarla para que ese sueño se hiciera realidad. El escarabajo soltó la carcajada y dijo:

—Ni yo, con estas patas tan grandes que tengo, intentaría realizar algo tan ambicioso.

Del mismo modo, a medida que la determinada oruga avanzaba centímetro por centímetro, la araña, el topo y la rana le aconsejaron que desistiera en su empeño.

—¡Ni en el jamás de los jamases podrás lograrlo! —le advirtieron.

Pero en lo más recóndito de su ser había un impulso que la obligaba a seguir adelante. Ya agotada y exánime, decidió detenerse a descansar. Con las pocas fuerzas que le quedaban, construyó un lugar donde pasar la noche. «Aquí estaré mejor», dijo. Pero durante la noche, murió.

Todos los animales del valle fueron a ver sus restos. ¡Ahí yacía, impasible en el refugio que era su concha, la criatura más loca de la creación! Había construido como su tumba un monumento a la insensatez, digno de quien muere por una ilusión.

Una mañana de sol resplandeciente los animales volvieron a congregarse en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos. La concha dura comenzó a quebrarse, y vieron unos ojos y unas antenas que no podían ser las de la oruga que creían muerta. Poco a poco, como para darles tiempo de salir de su asombro, fueron saliendo las hermosas alas de mariposa de aquella impresionante criatura que tenían enfrente, la que realizaría su sueño, el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir.

Así como Dios predestinó a las orugas a convertirse en lindas mariposas, también nos predestinó a los seres humanos a ser transformados conforme a la atrayente imagen de su Hijo.1 En otras palabras, Dios ha determinado que nuestro verdadero destino sea la gloria. Pero para llegar a esa gloria que nos tiene preparada, tenemos que seguir a Cristo, su Hijo. Porque de aquí a la gloria Cristo quiere transformarnos mental y espiritualmente,2 y antes de nuestra llegada, físicamente también. Ese día, cuando parezca que hemos muerto, Él transformará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo aún más glorioso que el de la mariposa, pues el nuestro no será frágil y perecedero, sino fuerte e inmortal.3 ¡Y en ese cuerpo glorificado coronaremos la gran montaña celestial!

1 Ro 8:29
2 Ro 8:30; 12:2
3 1Co 15:50-54

miércoles, 1 de febrero de 2012

APLICACIÓN DE UN PLAN DE DESARROLLO A UNA ORQUESTA

El gerente general de una compañía, recibió una entrada para un concierto en el que se iba a interpretar la Sinfonía Inconclusa de Schubert. Al no poder asistir envió al gerente de organización y métodos, quien le envió este memorando, resumiendo su impresión del concierto.

1. Por un considerable período de tiempo, los “oboes” no tenían nada que hacer. Su número debía disminuirse y distribuir su trabajo entre otros instrumentos de la orquesta, para evitar períodos prolongados de inactividad.

2. Los doce “violines” tocaban notas exactamente iguales. Es una duplicación innecesaria y se debe reducir drásticamente el personal de esta sección. Si se necesita un volumen de sonido alto, se podría obtener, utilizando un amplificador.

3. Se gasta mucho esfuerzo en tocar “semicorcheas”. Esto parece un refinamiento excesivo, por lo que se recomienda que todas las notas sean redondeadas a la “corchea” más próxima. Si esto se hiciera, podrían utilizar estudiantes en lugar de profesionales, pues salen más caros.

4. No se cumple con un propósito útil, repitiendo con los “cornos” el pasaje que ya tocaron las “cuerdas”. Si se eliminaran las redundancias, se podría reducir el concierto de “horas” a tan sólo veinte minutos.

Publicado en Washington Post.



Girón, 19 de julio de 2001

miércoles, 11 de mayo de 2011

VASIJAS DE BARRO

En una lejana comarca había un aguador que tenía dos vasijas grandes que colgaban de los dos extremos de un palo que él sostenía sobre los hombros. Una de las vasijas tenía una rajadura; la otra estaba en perfectas condiciones. Esta última siempre llegaba llena de agua, mientras que la rajada llegaba medio vacía. Eso ocurrió día tras día durante dos años. El pobre criado nunca llegaba con más de vasija y media de agua a la casa de su amo. Desde luego, la vasija que estaba en perfectas condiciones se sentía orgullosa de sus logros, contenta porque cumplía a cabalidad con su razón de ser. En cambio, la vasija defectuosa se sentía avergonzada por su imperfección, deprimida por no poder llegar sino a la mitad del objetivo para el que había sido creada.
Al cabo de esos dos años en que se había considerado un rotundo fracaso, la vasija imperfecta, al llegar a la orilla del arroyo, le dijo al criado que la llevaba:
—¡Qué vergüenza la mía! ¡Cuánto lo siento!
—¿Y eso por qué? —le preguntó el criado—. ¿Por qué te sientes avergonzada?
—Porque durante estos dos años no he podido llegar con más de media porción de agua por esta maldita rajadura que me obliga a derramar la mitad a la orilla del camino. Por mi culpa no puedes aprovechar plenamente cada viaje.
El criado se compadeció de la vasija rajada, y con ternura le dijo:
—De regreso a la casa del amo, quiero que te fijes en las hermosas plantas de lindas flores que están creciendo a la orilla del camino.
En efecto, mientras subían la cuesta, la triste vasija se dio cuenta de que el sol brillaba sobre las flores silvestres a la orilla del camino, y esto sirvió para animarla un poco. No obstante, al fin del camino volvió a sentirse mal por haber derramado la mitad del agua que llevaba, y de nuevo le pidió disculpas al criado.
—¿No te diste cuenta de que sólo había flores en el lado del camino que te corresponde a ti? —le preguntó el criado—. El otro lado se ve desnudo. Yo siempre he estado consciente de tu defecto, pero he ido sacándole provecho. Por el lado tuyo del camino sembré semillas de plantas que dan hermosas flores, y todos los días al volver del arroyo, tú las has ido regando. Ya llevo dos años de estar recogiendo estas hermosas flores para adornar la mesa de mi amo. Si no hubiera sido porque eres exactamente como eres, él no habría podido disfrutar de la belleza y del perfume de esas flores.
Esta fábula nos recuerda el refrán que dice: «Tenemos este tesoro en vasijas de barro.»1 El refrán procede de la pluma de San Pablo, que luego explica cómo el poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad humana. «Por eso me regocijo en mis debilidades —concluye Pablo—; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.»2
Lo cierto es que todos, como vasijas de barro que somos, tenemos nuestros defectos. Pero si se lo permitimos, el Señor le sacará provecho a esas imperfecciones, y con ellas adornará y perfumará la casa de nuestro Padre celestial.


1.2Co 4:7
2.2Co 12:7‑10